RECUERDOS DE UN CALLEJÓN

Un nuevo día se levanta en este mundo, Regalo de Dios Nuestro Padre. Al abrir los ojos y notar la ligera brisa de aire entrar por la ventana de un día que espera ser caluroso y lleno de una luz esplendorosa, que llega a ser incluso deslumbrante, me levanto animado a iniciar la jornada de este nuevo día.

Lejos de casa, de la familia, de lo cercano, caminamos solos por la playa de San Agustín, intentando llenar una sima moral de nuestro propio océano, sabiendo y no resignándonos a aceptar que no es posible.

Los minutos,  las horas pasan, y el día va concluyendo, haciéndome preguntar ¿Dónde ha estado Dios en este largo día?  La sima moral me abruma, me acongoja, y me invade el pensamiento de que estoy solo, lejos de mis seres queridos, lejos de mi tierra.  No puedo seguir haciéndome el fuerte, estoy viviendo una mentira, un espejismo. Abrumado, decido salir a la calle. Ansío el auxilio de tomar un poco de aire.

Al salir, en las ruidosas y contaminadas calles, me doy cuenta que la noche ha sobrevenido al día, y la ciudad es aún menos segura. Camino solo,  la soledad es mi única compañera, pensando ¿que estoy haciendo?, ¿dónde está la luz que trae calma?¿la que da consuelo?¿la que alivia las penas?¿la que hace brillar al hombre?, ¿acaso Dios nos ha abandonado?¿acaso esa luz no puede inundarlo todo?

Conforme camino, veo injusticas, envidias, excesos, demasiado ruido y realmente muy poca luz. El hombre no parece humano. Continúo andando, sin rumbo por las calles, con el objetivo de aplacar mi agonía, una desazón que carcome por dentro la propia alma.

Un despiste, una ilusión o por motivos del azar, entro en un callejón muy oscuro, sin apenas luz, continuo por él cada vez más desesperado y al girar un única esquina,  me hallo sin salida.

Me doy cuenta  de mi error. Mi vida no puede entrar en el callejón sin salida, un callejón que podría haber resultado el fin de mi caminar, o la preocupación de los demás, por dejar vagabundear y lamentarse a mi alma ¿qué hacía realmente allí?, ese momento una sensación de luz interior me arropó el cuerpo. Sentí el vello erizado. Realmente ese calor me arropó el alma, y el consuelo se expresó mediante las lágrimas, hicieron entender que Dios no me ha abandonado en ningún momento, fui yo, yo le abandoné, le di la espalda, no quise seguirle ni amarle.

Volví sobre mis pasos,  a intentar dormir en la larga noche. Dormir con la certeza que no quiero el mismo callejón sin salida para mi vida. Con el deber de que recuperar la relación con Él, no puedo dejarlo más, mi corazón lo pide a gritos, pide ser arropado de su amor, y continuar vagando por las calles de la ciudad, pero ahora con esperanza; esperanza de volver a ver lo que realmente mi cuerpo pide, familia, hogar, … , verlo a Él. Sentir el calor de su luz

light-tunnel

No te preguntes porque, si no como. Sigue tu propio camino, sé consciente de tu propio callejón. Y cuando entres en él, busca en tu alma la luz que ilumina el mundo. No olvides el callejón, porque te hace fuerte ¿A qué esperas para ponerte andar?.