AL ATARDECER DE LA VIDA

1ªIMAGEN

 

Solo iba a acompañarla. Siempre me siento a gusto a su lado, y me gusta compartir todos los ratos que puedo. No sabía dónde nos dirigíamos, y nuestro ascensor se paró en la sexta planta. Una visita de rutina, me supuse, alguna amistad a quien visitar en algún mal momento de su vida.2ªIMAGEN Anduvimos el pasillo, acompañados de miradas curiosas y de batas blancas que deambulaban por los pasillos, y desaparecian en las habitaciones, ensimismados en el manejo de sus aparatos médicos, y de su próxima rutina. Seiscientos…., no me acuerdo de la habitación, pero allí estaba ella, sola, junto a la ventana, acostada en la cama con la mirada perdida, con sus piernas dobladas, con un movimiento nervioso en sus labios algo decía en silencio. -¡Francisca!- la llamó con alegría al llegar junto a la cama; yo me senté en la silla vacía, junto al armario, respetando el encuentro que acontecia.

-¡Francisca, como estas, bonita!- Mi compañera le decía en voz alta. Apenas cambió su gesto, y recostada seguía, hasta que notó que su mano con la de ella se fundía, y un beso le sembró en su mejilla. Giró su cabeza al notar el calor de sus labios, y nos regaló una sonrisa, y su voz rota pidiendo: ¡agua, agua, dame agua! como si en ello le fuera la vida. Le calmó la sed, y asomo su carita linda. Aproveché un instante que mi compañera f3ªIMAGENué al lavabo, me levanté de la silla, me acerqué y le sujete la mano, ella la apretó con la mía, y soltó despacio, con su susurrada voz, algo que me lleva rondando mi cabeza y que no se me olvida: -¡Hay personas a mi lado…!- Como si fuera un extraño consuelo para ella, como si eso le diera la vida, la simple presencia de alguien, era el alimento para Francisca.

Ella no dejaba de sonreír, y una lágrima rompió mi mirada tranquila, y la besé, y la ame como si la conociera de toda la vida. Y es que en el atardecer de la vida, cuando todo se torna silencio, cuando la soledad es tu compañía, una visita a destiempo, un “te quiero, mi vida”, llena el vacío de la ausencia de tu familia. Ella tiene 93 años, su ceguera solo le permite ver sombras, y su sordera le aparta un poco más de esta vida, afanada de rutinas, olvidos y ausencias de quien más quería: su familia.

                                                                                  José Ignacio Malpica